¿Apropiación cultural o negocios éticos? ASPIREMOS A MÁS.

Dado los recientes comentarios en el simposio de moda sostenible —donde tanto la diseñadora peruana Anís Samanez como un representante de la revista Vogue México, cuyo nombre no recuerdo ni quiero recordar, realizaron declaraciones polémicas— siento la necesidad de compartir algunas reflexiones.

Como contexto, soy diseñadora gráfica peruana, formada en Estados Unidos, con una perspectiva que combina lo creativo y lo empresarial. Mi experiencia familiar y profesional me ha enseñado a navegar entre la magia del diseño y la realidad de los resultados financieros. Políticamente hablando, mi formación académica afuera me permitió tener la mirada “demócrata”, de cómo había que entender el mundo. Siendo latina en Nueva York, el personaje me venía bien. Sin embargo, mi visión ha evolucionado desde que regresé al Perú y comencé a gestionar mi propio negocio: una consultora de investigación de mercados. Hoy observo las discusiones que surgen en redes sociales desde una perspectiva diferente.

Inicialmente, ver que el concepto de "apropiación cultural" ganaba relevancia en perfiles de Instagram limeños me pareció un avance. Esa palabrita que antes solo se hablaba en las altas esferas hipsters de Brooklyn ahora estaba aquí. Sin embargo, también noto cómo muchas veces se adopta este término sin un entendimiento profundo de lo que debe ocurrir luego de esta toma de consciencia. Aunque estas discusiones pueden visibilizar problemas importantes, necesitamos ir más allá de un activismo de un solo día en redes sociales.

No está mal. Pero necesito que dure más que solo un día. 

El problema de tropicalizar discursos

Cuando adoptamos términos académicos originados en otros contextos —como "apropiación cultural"— sin adaptarlos a nuestra realidad local, corremos el riesgo de simplificar problemas complejos. Latinoamérica enfrenta retos históricos de racismo, clasismo y explotación, y estos problemas requieren soluciones diseñadas desde nuestro propio territorio, no solo la réplica de teorías extranjeras. Se nos olvida que en la mayoría de casos, las personas que queremos impactar, las que tienen que proteger sus derechos a la propiedad intelectual, no están consumiendo este contenido. Nos miramos el ombligo y diseñamos comunicación para nosotros mismos. ¿Nos sentiremos culpables?

Es crucial no quedarnos en el nivel superficial de estas discusiones. Si realmente queremos defender los derechos de las comunidades indígenas y garantizar el pago justo por su trabajo, necesitamos enfocarnos en transformar las estructuras económicas y empresariales que perpetúan las desigualdades. Esto va más allá de usar términos como "apropiación cultural" para criticar casos individuales; requiere un cambio en cómo hacemos negocios.

¿Negocios éticos o marketing vacío?

El término "apropiación cultural" describe bien el desbalance de poder entre una diseñadora privilegiada y las comunidades que producen su trabajo, pero no siempre profundiza en los aspectos económicos detrás de este problema. En este caso, considero que la ética empresarial debería ser el punto central. A las personas que producen valor, como el jefe de una comunidad shipiba, se les debe pagar justamente por su trabajo, independientemente de su origen étnico o contexto social. Este es el mismo principio que se aplica en patentes, licencias de software o cualquier otro momento en el que una persona busca consumir conocimiento, tecnología o innovación creada por otra persona. Es así de simple.

Si una diseñadora espera lucrar significativamente con el trabajo de estas comunidades, debería incluir ese costo en su presupuesto inicial, reconociendo que la colaboración justa también puede ser rentable. ¿No podía incluir esos $5000 en su cálculo de excel y ver cómo se iba a pagar solito cuando lance su colección en Saga Falabella? No entiendo. ¿Queremos aprender a hacer negocios de empresarios o de creadores de contenido? Porque no es lo mismo. Yo se que parece pero no es.

Construyamos conversaciones más profundas

Otro punto a reflexionar es cómo organizamos debates como el del simposio mencionado. Si queremos conversaciones informadas y útiles, es importante incluir voces que analicen y propongan soluciones, no solo influencers o figuras mediáticas. Difundir mensajes es valioso, pero también lo es garantizar que estos mensajes estén respaldados por análisis profundos y propuestas concretas.

Si leíste hasta acá, te recomiendo que busques las organizaciones como Perú Sostenible, la historia del empresario Javier Calvo Perez, el liderazgo de Juan José Córdova en Textil del Valle en temas de sostenibilidad, el modelo de negocio de Patagonia y cómo redistribuyen su patrimonio, entre otros. Para hacer las cosas bien no solo hay que leer y difundir la teoría sino también, preocuparnos por aplicar estos conocimientos en crear negocios en vez de solamente marcas o, como dice mi papá, en crear valor y no solamente mercancía. 

En resumen, no basta con criticar; necesitamos diseñar negocios que creen valor verdadero, tanto para quienes producen como para quienes consumen. Eso implica aplicar principios éticos y sostenibles, no solo adoptar discursos de moda. Si queremos cambios duraderos, el activismo debe transformarse en acción concreta.

Les dejo algunas preguntas que me propuso chat GPT para cerrar el diálogo

¿Cómo pueden las empresas locales integrar principios éticos y sostenibles en sus modelos de negocio sin perpetuar dinámicas extractivistas?

¿Cómo fomentar una conversación pública más profunda que combine el análisis y la difusión sin trivializar temas complejos?

¿Es posible aplicar los conceptos académicos importados de EE.UU. en contextos peruanos sin caer en superficialidades o distorsiones?

Para más consejos, visita www.hablalatam.com

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