¿quién no conoce a gonchi?

Me acuerdo como si fuera ayer el día en el que (¡¡¡por fin!!!) me llegó el Friend Request de Gonzalo García-Pelayo en Facebook. Confirmar nuestra amistad en una plataforma virtual tan importante como esa se sintió como un gol de media cancha faltando cinco minutos del tiempo suplementario. ¿Cuál era el partido? Pues, yo vs. El círculo social limeño. Esta vez, yo había ganado. Yo, que era una púber con acné cuya autoestima había incrementado un 35%.

Venía escuchando el nombre de Gonchi por los corredores de mi colegio, el único e inimitable San Silvestre con faldas cinco centímetros arriba de la rodilla, desde las épocas en las que íbamos a las kermesses del Newton con sweatshirts Roxy y jeans Bugui. Algunas nunca salieron de esa fase. Yo, felizmente, sí. Seguro fue en una de esas, o en una kermesse del Markham al son de Gian Marco. ¿O en el tono de Totoritas, ya más tarde? ¿O en la casa de mi prima? La verdad, es que no me acuerdo exactamente cuándo se dio el primer apretón de manos –y digo esto as a figure of speech, porque todo el mundo sabe que Gonchi te apretaba el cuerpo entero–. Tengo memorias concretas de jugar Nintendo 64 con él cuando ya éramos muy grandes para jugarlo. Ese gordito era King Kong seguro, y yo, era la vulnerable y amena Peach. Esa vez, sí perdí por goleada.

Lo conocí por una de las personas a las que más le ha afectado su partida. Y tuve la suerte de que, por su cercanía a ella, nuestra cercanía se dé por una especie de ósmosis. Gonchi no distinguía tamaño, sexo, raza, tipo de sangre o si tomabas, fumabas o bailabas pegado a la hora de hacerse tu pata. Antes de escribir esto pensé: “¿Será que me corresponde escribirlo, si no éramos mejores amigos?”. Y luego, me dije a mi misma: “¡No seas estúpida! ¡Justamente de eso se trataba Gonchi!”. Era el broder que te iba a hacer sentir como si fuesen íntimos amigos de toda la vida, aunque no lo fueras, aunque hablábamos poco, pero cada vez que lo veía me hacía reír.

No escribir esto hubiese sido una ofensa a todo lo que Gonchi representa dentro de nuestro círculo, dentro de esta burbuja limeña donde todo el mundo se conoce, pero la mayoría se niega. Gonchi no era así, Gonchi iba a venir y te iba a decir: “Tú eres prima de Ale, Freitas, los mismos cachetes, qué bestia, idénticas”. Francamente, no entiendo qué hacía él comentando de los cachetes de mi familia… ¡¿Han visto los suyos?! Qué conchudo, en verdad.

Pero ese era Gonchi, por sus cuatro costados de limeño del Markham. Una sonrisa del porte de un oso, una chela en mano y un abrazo sudoso; la risa al final de la juerga, la chacota del día siguiente, la patería en plena, la simpatía, el cariño. Es una pena y da una rabia infrahumana lo que ha pasado, porque el cielo ya debe estar lleno de sonrisas. La tierra, la ciudad de Lima, con su neblina y su inimitable hipocresía, necesita de sonrisas como la tuya, Gonchi, necesita de vibras como las tuyas.

Váyanse a dormir esta noche pensando en todas las personas cuya sonrisa les hace el día y denles las gracias. Una de las cosas que más me afectó de esto, estando lejos, fue la impotencia de sentir que no podía estar acompañando a la gente que la estaba pasando mal porque no estoy físicamente ahí. Tus buenos amigos pueden irse en un segundo, por eso es importante que sepan que los quieres. Así que abre tu celular, busca tu última conversación en WhatsApp, tu último Snapchat, ese inbox que sieeeeempre te hace los días, y dile a la persona o las personas que te hicieron reír, que los quieres y valoras.

Hace dos años empecé este blog analizando a la sociedad limeña y burlándome de mí misma mientras me burlaba de todos los demás. Hoy, trato de usar ese mismo carisma y elocuencia para conmemorar a un ser humano que se merece todo lo que podamos darle y más. 

Solo digo que sería bueno, quizás, ir preocupándonos por cosas más grandes que los planes del fin de semana. Que nuestros hijos crezcan en una Lima tranquila y que nunca tengan que experimentar, a los veintidós años, lo que venimos experimentando nosotros.

Te queremos Gonchi, para siempre.

Note from the author (2022)

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